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“Una vez que conoces el amor, no lo puedes dejar”: la familia agustiniana celebra la vocación con un concierto-testimonio

Celebrar la vocación y recordar que la fe y la llamada de Dios son las notas que dan sentido a la sinfonía de la vida. Ese fue el espíritu del concierto-testimonio organizado por la familia agustiniana, una velada marcada por la música, la emoción y la fuerza de los testimonios vocacionales compartidos por religiosos, religiosas, matrimonios y jóvenes laicos vinculados al carisma de san Agustín.

El encuentro estuvo amenizado musicalmente por las hermanas agustinas del Monasterio de la Conversión, que acompañaron con sus cantos un acto centrado en mostrar cómo Dios sigue llamando hoy en medio de la vida cotidiana.

“No aprendí a tocar la guitarra, pero encontré a Cristo”

El primero en compartir su experiencia fue fray Abraham Montoya, agustino recoleto de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de la Orden de Agustinos Recoletos. Con cercanía y sencillez relató cómo su historia vocacional comenzó con una invitación aparentemente sencilla: aprender a tocar la guitarra en el coro parroquial.

“Fui únicamente porque quería aprender guitarra”, confesó entre sonrisas. Sin embargo, aunque nunca llegó a aprender el instrumento, aquel camino le llevó a descubrir la Eucaristía, la comunidad cristiana y el carisma de los Agustinos Recoletos. “No aprendí a tocar la guitarra, pero encontré a Cristo”, resumió.

Fray Abraham recordó cómo la convivencia con los religiosos despertó en él el deseo de seguir a Jesús. Tras un tiempo de discernimiento, una relación sentimental y una etapa de alejamiento de la Iglesia, volvió a reencontrarse con Dios a través de los Agustinos Recoletos y de una convivencia de Semana Santa. “Experimenté el amor y la misericordia de Jesucristo y comprendí que quería que todos conocieran ese amor”, afirmó.

Una vida marcada por el espíritu agustiniano

El segundo testimonio fue el del matrimonio formado por Julio y Julia, profundamente vinculados a la espiritualidad agustiniana desde su juventud. Ella creció en la parroquia de la Paz de Pamplona y él es antiguo alumno del Colegio Agustiniano de Madrid. Ambos viven hoy su fe en la parroquia de la Consolación de Madrid, acompañados por comunidades y grupos vinculados a los Agustinos Recoletos.

La pareja recordó cómo se conocieron gracias a unas Pascuas Juveniles organizadas por los Recoletos. “Los Agustinos Recoletos nos presentaron y gracias a tenerlos cerca pudimos encontrarnos”, señalaron emocionados.

Tras más de treinta años de matrimonio, destacaron cómo el espíritu de san Agustín ha marcado toda su vida familiar. “Nuestra vida ha estado siempre ligada a los Agustinos Recoletos”, explicó Julio, quien incluso relató con humor cómo ambos desean permanecer vinculados a la familia agustiniana “hasta el final de sus días”.

Descubrir a Dios en lo cotidiano

El tercer testimonio fue el de Blanca Antolín, joven vinculada desde niña a los Agustinos Recoletos en Granada y que actualmente se encuentra en formación para ser Agustina Misionera de la Orden de San Agustín.

Blanca explicó cómo descubrió desde muy joven que el carisma agustiniano era el lugar donde podía ser ella misma y vivir una fe auténtica. “Dios me llamó en lo cotidiano, en el día a día”, afirmó.

La joven recordó que, poco a poco, el Señor fue conquistando su corazón a través de pequeñas responsabilidades, la vida comunitaria y el servicio a los demás. En las Agustinas Misioneras encontró la posibilidad de unir sus dos grandes vocaciones: la vida consagrada y la educación. “Quiero llevar a otros la alegría y la paz que yo he encontrado en Dios”, aseguró.

“La fe no se puede vivir solo”

Posteriormente, compartieron su experiencia dos jóvenes laicos agustinianos: Daniel, antiguo alumno del colegio de la Inmaculada de las Agustinas Misioneras, y Mariano, exalumno del Colegio San Agustín.

Daniel explicó cómo descubrió la espiritualidad agustiniana en los grupos juveniles, los campamentos y la vida comunitaria. Tras atravesar una profunda crisis personal y espiritual, experimentó nuevamente el amor de Dios de manera transformadora. “Cuando conoces ese amor, ya no tienes opción de alejarte”, afirmó emocionado.

Por su parte, Mariano centró su testimonio en la importancia de la comunidad y de las personas que Dios pone en el camino. Catequista y monitor de campamentos, explicó cómo la experiencia compartida con otros jóvenes y con los niños a los que acompaña le ha ayudado a crecer en la fe y a reconciliarse consigo mismo. “La fe no se puede vivir solo; necesitamos caminar en comunidad”, señaló.

El silencio y la oración de la vida contemplativa

El último testimonio fue el de sor Alicia, monja agustina contemplativa del monasterio de San Ildefonso de Talavera de la Reina. La religiosa compartió cómo descubrió en la vida agustiniana contemplativa una respuesta a la búsqueda profunda de amor y sentido que habitaba en su corazón.

Sor Alicia explicó que la vida contemplativa sigue teniendo mucho que aportar al mundo actual, especialmente en medio del ruido y la superficialidad. “El mundo necesita escuchar”, afirmó, destacando el valor del silencio, la oración y la interioridad.

La religiosa recordó también que la vida entregada no es una vida perdida, sino plenamente fecunda: “Una vida que se entrega es una vida llena de sentido”.

Un canto agradecido a la vocación

El concierto-testimonio concluyó con unas palabras de agradecimiento de fray Francisco Oyanguren, promotor vocacional de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de la Orden de Agustinos Recoletos y miembro de la comisión FAE Vocaciones, quien animó a los presentes a seguir viviendo y promoviendo la vocación como una llamada al amor, a la comunidad y al servicio.
El encuentro concluyo con la presentación del himno oficial de la visita para la Familia Agustiniana para esta visita. Compuesto por la hermana Lilian García, Agustina del Amparo.

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