La pleamar del viaje del Papa León XIV a España dejó un inmenso archivo de palabras, gestos y emociones. Desde que la tarde del día 8 de mayo de 2025 se asomó al Balcón de las bendiciones de la Basílica de San Pedro para saludar por vez primera como obispo de Roma y doscientos sesenta y siete en la lista de los sucesores de san Pedro, los periodistas comenzaron a preguntarse: ¿Quién es Robert F. Prevost?

Las biografías se han multiplicado en diferentes lenguas y las cámaras de televisión han recorrido los escenarios de Chicago, Perú y Roma buscando imágenes y testimonios.
Datos y curiosidades biográficas aparte, se han subrayado algunas notas de su personalidad. De una aparente timidez, cordial, cercano y sereno, amante de los pobres más que de la pobreza – la pobreza no lleva necesariamente al amor, pero el amor sí que lleva inevitablemente a la pobreza, escribió José María Cabodevilla –, como matemático, de mente analítica, observador, mentalmente ordenado, didáctico en el discurso, pacificador, exquisito en el respeto y la escucha, de semblante afectuoso y una fe desnuda que le ha llevado a vivir a la intemperie o, mejor dicho, al cobijo de la voluntad de Dios, especialista en escuchar a personas heridas por la vida… Llegados a este punto, El Papa Robert F. Prevost, diría que la multiplicación de epítetos o el intento de hacer el retrato íntimo de una persona tiene algo de tarea imposible e inútil. Así es.
¿Y si intentáramos seleccionar un gesto singular de León XIV? Quizá su mirada. Serena, luminosa, indulgente, creadora de confianza, arropa y da valor a quien habla con él. Bendita pasividad de quien sabe escuchar y te ofrece el regalo de un silencio elocuente.
El poder de Dios se dibuja en ese ojo inmenso que las ilustraciones de los antiguos catecismos colocaban dentro de un triángulo. La mirada del Papa León es cálida, acogedora, samaritana.
Mientras el papamóvil recorría las calles de Madrid, Barcelona o Canarias, la España anónima se aupaba en las aceras para, más tarde, comentar con gozo: “Vi al Papa o el Papa me miró”. Un Papa rodeado del aura de la solemnidad sin artificio, con soltura para bendecir e incansable repartidor de bendiciones y de sonrisas pacificadoras. Cruzó nuestras ciudades oficiando el ceremonial de la sencillez, disfrutando el gozo agustiniano de amar y sentirse amado.
¿Qué mensaje no verbal comunicó el Papa en la visita a nuestro país? “Sin duda, algo casi imperceptible, la transmisión misteriosa de un trasfondo que oculta su rostro, sus gestos y sus palabras…Un plus más hondo que emana de él: un gran silencio, la contención de un tesoro escondido, donde el ego del influyente líder se esfuma para dejar pasar a una saboreada interioridad que llega a la gente” (Pedro Miguel Lamet, 12 de junio de 2026).