Madrid – puerta de España – ha engalanado el centro de la ciudad y abierto sus brazos a la llegada inminente del Papa León XIV a nuestro país. Los colegios agustinianos han colocado en sus fachadas carteles y pancartas de bienvenida. Compartimos la profunda y secreta emoción de que un hermano nuestro – hasta hace poco más de un año Fr. Robert F. Prevost – es hoy el sucesor de Pedro.

“Alzad la mirada” es el lema sugerente y oportuno de este viaje. Nuestro mundo necesita escuchar palabras verdaderas, imprescindibles, con alma, como diálogo, encuentro, esperanza, concordia y contemplar la realidad con otros ojos. “León XIV es un referente moral que transciende la política”, afirmaba, recientemente, una representante cualificada de la clase política española.
Familia Agustiniana
La familia agustiniana está llamada a ser altavoz del mensaje del Papa y recordar que su palabra es inseparable de otras como Iglesia, comunión, inclusión, tejer acuerdos, buscar la unión en la diversidad. Nuestro discurso no puede quedarse en reconstruir el paso de Fr. Robert F. Prevost por nuestro colegio o parroquia, sino en la clara invitación a “alzar la mirada” en este mundo nuestro polarizado y embarrado con el polvo de nuestras hostilidades.
Oportunidad de oro para presentar la figura de San Agustín y nuestra tarjeta de identidad en el contexto de la Iglesia y de la vida consagrada. La tarde de su elección – 8 de mayo de 2025 – León XIV proclamó desde el balcón de la Basílica de San Pedro: “Soy hijo de San Agustín, soy agustino”. A partir de aquella tarde, ha manejado con delicadeza citas agustinianas en sus intervenciones públicas, como lo hicieron, de forma particular, sus predecesores Pablo VI o Benedicto XVI.
Citar a san Agustín en el magisterio pontificio no es algo forzado, porque el pensamiento del obispo de Hipona tiene, con frecuencia, el respaldo de ser una doctrina intemporal. También en su tiempo – a pesar de moverse en un bosque de herejías – Agustín intentó desarmar el lenguaje para construir la paz por los caminos de la justicia.
Cuando León XIV recorra el itinerario de la plaza de Cibeles por la calle de Alcalá en dirección a la Gran Vía portando la custodia con el Corpus Christi, el Jesús Eucaristía se fundirá en un abrazo con la multitud y, de modo especial, con los empobrecidos – residentes habituales en las aceras – que, previamente, serán desalojados. Dos presenciales reales e inseparables: en el sencillo alimento del pan y en los frágiles de la tierra. El Cristo total predicado por san Agustín que va delante en cuanto cabeza, y rezagado, peregrino, enfermo y encarcelado en cuanto cuerpo (cf. Comentario al Salmo 86, 5).
Dos palabras – presencia y adoración –, sintetizan el sentido de la fiesta del “Corpus”. Fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía y adoración del sacramento que hace presente a Cristo. La Eucaristía es, fundamentalmente, un acontecimiento de fe, no hay que preparar el paladar, sino el corazón (cf. Sermón 112, 5). La fe reemplaza la incapacidad de los sentidos para ver.
Hablar de la Eucaristía nos lleva a exclamar con san Agustín “¡Oh Sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! (Tratados sobre el Evangelio de san Juan 26, 13). La unidad es la característica de la Eucaristía: “Comed lo que a todos nos une” (Sermón 288 B. 3).
Las interminables crisis económicas son otras tantas llamadas a la regeneración moral de la sociedad. Ser, estar, amar el mundo significa establecer con él una relación positiva de gratitud, de justicia y responsabilidad. Gratitud porque el mundo es nuestra casa común, espacio gozoso de la vida, escenario de santidad. Responsabilidad porque tenemos que actuar en su transformación con la lucidez de la fe y los planos del evangelio.
Nuestra sociedad necesidad con sello de urgencia un suplemento de humanidad. León XIV cita a su antecesor Pablo VI que, en la encíclica Populorum progressio (26 de marzo, 1967), escribe que el desarrollo es auténtico si está dirigido a “promover a todos los hombres y a todo el hombre” (cf. Magnífica humanidad, 8”). “En la era de la inteligencia artificial…– afirma León XIV en su primera encíclica – tenemos el deber urgente de seguir siendo profundamente humanos, custodiar con amor esa magnífica humanidad que se nos ha donado y que se nos ha mostrado en su plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (Magnífica humanidad, 15).
Actitud
El capítulo de actitudes ante la visita de León XIV puede ser amplio: Acogida fraterna, alegría, acción de gracias…y – como familia agustiniana –, alzar la mirada a san Agustín para que, como él, Jesucristo sea centro de nuestra espiritualidad, unidos a él con amor incansable y como piedra angular (cf. Sermón 200, 3, 4); amemos a la Iglesia de la historia, como amor de hijos (cf. Comentario al Salmo 88, 2, 14); busquemos la verdad en el estudio y en la contemplación porque nosotros mismos somos dignos de asombro (cf. Sermón 126, 3, 4) y la creación entera es un gran espectáculo que nos habla de Dios (cf. Sermón 313 D, Sermón 293, 5, Sermón 241, 2); compartamos – a partir de un bautismo común – una misma espiritualidad con los laicos. La unidad no anula ni borra la diversidad, somos comunidad que vive con el Pueblo de Dios y la riqueza será mayor si la diferencia se convierte en complementariedad; seamos testimonio de amor recíproco (cf. Regla 1, 3); practiquemos la justicia, pero sepamos anteponer la misericordia (cf. Sermón 106, 4); destaquemos por la grandeza de la humildad, será nuestra mayor fortaleza (cf. Comentario al Salmo 92, 6); armonicemos con sabiduría el viejo dilema acción–contemplación (cf. Sermón 339, 4); proclamemos el valor de la interioridad frente a una sociedad indiferente, cansada, sedienta y aturdida que experimenta la nostalgia de una verdad mayor que la ofrecida por la ciencia; conozcamos y amemos más a san Agustín como prioridad pastoral interna y servicio a la Iglesia.
Una visita – la de nuestro hermano Robert F. Prevost–, el Papa 267 de la Iglesia católica – que es motivo de satisfacción, y una llamada a reafirmar nuestra fidelidad y desempolvar nuestros olvidos.