Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

San Agustín invita a alzar los ojos, pues es preciso vigilar y elevar no solo los ojos del cuerpo, sino también los del corazón (en. Ps. 129,1). Solo con los ojos del corazón podemos contemplar la realidad como Dios la contempla (ep. 147,43). Alzamos la mirada para fijarla en la meta hacia la que nos dirigimos.

El mundo en el que vivimos intenta con frecuencia encerrarnos en horizontes puramente terrenos, atrapándonos con sus placeres, sus tentaciones y sus engaños. Frente a ello, san Agustín nos exhorta a levantar la mirada, a elevarnos por encima de las realidades pasajeras de esta tierra y a recordar que somos peregrinos llamados a una meta que trasciende el tiempo y el espacio. Por eso afirma:

«¿Adónde debía elevar los ojos sino a donde se dirigía y deseaba subir? De la tierra se sube al cielo. Ved la tierra, que pisamos con los pies, abajo; ved el cielo, que contemplamos con los ojos, arriba; subiendo, cantamos» (en. Ps. 122,3).

Oración, meditación y convivencia

Es necesario, por tanto, elevar los ojos mediante la oración, la meditación y la convivencia fraterna para contemplar la meta hacia la que caminamos. Pero no se trata únicamente de mirar el destino final. También hemos de seguir recorriendo nuestra peregrinación terrena con alegría, sostenidos por la belleza de aquello que nos espera. San Agustín subraya precisamente esta dimensión gozosa de la esperanza: al elevar los ojos y contemplar la hermosura y la sublimidad de la meta, nace en el corazón la alegría. Por eso afirma que «subiendo, cantamos» (en. Ps. 122,3). No avanzamos con tristeza, sino con gozo. Es la misma idea que expresó en uno de sus sermones con la célebre exhortación: «Canta y camina» (s. 256,3). Alzamos los ojos para contemplar la meta y caminamos cantando para alcanzarla.

Por otro lado, san Agustín invita a levantar la mirada para evitar quedar encerrados en nosotros mismos. La cultura contemporánea se parece muchas veces a Narciso, fascinado por su propia imagen y atrapado en la contemplación de sí mismo. Frente a esta tentación, el obispo de Hipona nos exhorta a mirar hacia Dios y a dejar de convertirnos en el centro de nuestra atención. Se trata de aprender a descubrir a Dios presente en nuestra vida y reconocer también su presencia en los hermanos. Por eso afirma:

«Eleva los ojos a Aquel que habita en el cielo; no te mires a ti mismo» (en. Ps. 122,3).

Con frecuencia nos detenemos excesivamente en nuestras limitaciones, fracasos y condicionamientos. Las dificultades de cada día pueden hacernos perder la esperanza. Por ello es necesario levantar la mirada y dirigirla hacia Dios. Contemplándolo a Él, aprendemos también a contemplarnos correctamente a nosotros mismos. Solo desde Dios podemos comprender nuestra propia realidad con los ojos de la esperanza, de la fe y del amor (sol. 2,1).

Mirada con fe

Además, en un mundo que ha dejado de creer en las realidades eternas y que ya no levanta los ojos hacia el cielo, san Agustín invita a mantener una mirada llena de fe. Nos previene contra la influencia de quienes exigen pruebas visibles de aquello que creemos y ridiculizan la esperanza cristiana. Así lo expresa:

«Se mofarán de aquellos que tienen por felicidad la que no puede verse con los ojos y les dirán: “¿Qué crees, insensato? ¿Ves lo que crees? ¿Ha vuelto alguno del sepulcro refiriéndote lo que allí acontece?”» (en. Ps. 122,8).

A pesar de estas dificultades, hemos de mantener con esperanza y alegría los ojos elevados hacia el Señor, para que nuestra vida encuentre su fundamento en Cristo y en los valores del Reino de los cielos. No debemos perder nunca la consciencia de que somos peregrinos de la Ciudad de Dios. La patria definitiva todavía no está cerca, pero podemos contemplarla desde ahora con los ojos de la fe. Su visión anticipada llena nuestro corazón de esperanza y nos permite caminar y cantar mientras avanzamos hacia ella.

Así pues, frente a una cultura que nos invita constantemente a mirar únicamente las cosas de la tierra, una excelente medicina espiritual consiste en alzar los ojos, contemplar la meta, mirar a Dios y caminar cantando, con alegría. Porque Dios no es solamente el término de nuestro camino; es también quien nos sostiene con su fuerza y quien nos acompaña en cada paso de la peregrinación.

¡Así pues, alza la mirada!

Leave a comment

Go to Top