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Discurso de León XIV ante los representantes de las Cortes Generales

El sábado, casi al final de la misa de acogida de los peregrinos de la familia agustiniana en el colegio San Agustín, me entró un whatsapp de mi hermano historiador que decía: “Nivelón primer discurso del Papa. Santiago, Juan de la Cruz, Santa Teresa, Ignacio de Loyola, Córdoba, Toledo, Averroes, Maimónides…”. Se refería a las palabras que León XIV acababa de dirigir a las autoridades civiles y al cuerpo diplomático en el Palacio Real. Y solo era como el aperitivo del esperado discurso de esta mañana. (Mal) acostumbrados como estamos al “y tú más” de nuestra clase política, la alocución del Papa honra a la sede de nuestra soberanía nacional. Muchas gracias, Santidad.

 

Poco después de recibir al jefe del ejecutivo, el Papa se ha trasladado a la carrera de San Jerónimo para una cita histórica.

Tras agradecer la invitación del parlamento, el discurso de León XIV ha partido del reconocimiento de la “justa autonomía de las realidades terrenas” (GS 36).  La Iglesia no pretende suplantar las funciones propias de las instituciones del Estado. Corresponde a los poderes públicos determinar las leyes que rigen la sociedad. Por su parte, la Iglesia está también al servicio del bien de la persona y de la sociedad. El Papa ha repasado la contribución de la Iglesia española, a lo largo de la historia, al encuentro entre la fe y la razón. Ha destacado en particular la labor de la Universidad de Salamanca, en la difusión del valor la persona humana y en el desarrollo de la comunidad de los pueblos (totus orbis).

Dignidad de la persona

Como señaló el Vaticano II, aunque la Iglesia no está ligada a ningún sistema político, debe tener libertad para emitir “su juicio moral”, incluso en materia política, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona… (GS 76). Por eso, en la parte central de su discurso, el Papa ha presentado brevemente, ante nuestros parlamentarios varios temas fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia: la dignidad de la persona, el derecho a la vida, el bien común, la familia, la educación, las migraciones.  Todo ser humano tiene una dignidad inviolable, anterior e independiente de su reconocimiento positivo por la legislación. La vida, sobre todo las más vulnerables, debe ser protegida desde la concepción hasta la muerte natural. El bien común es la “forma social de la dignidad humana” (MH 59) y debería prevalecer sobre los intereses particulares. El estado debe salvaguardar el derecho a la educación e igualmente el “derecho primario e inalienable” de los padres a elegir la educación de sus hijos. Tanto el derecho a emigrar como el “derecho a permanecer en la propia tierra” (no emigrar) deben ser promovidos. Es urgente una coordinación internacional que impida el tráfico de personas y garantice la seguridad, acogida e integración de los migrantes. Las fronteras tienen que dejar de ser “lugares de abandono”, para convertirse en espacios de protección de la dignidad humana.

Crisis espiritual y cultural

Posteriormente, se ha detenido a analizar la “crisis espiritual y cultural” que representan hoy las amenazas para la paz en el mundo. Ha descrito el escenario internacional y la necesidad de respetar el derecho internacional y los medios necesarios para anteponer siempre la paz al recurso a la guerra. La verdadera seguridad no la proporcionará el rearme de los países, sino de la justicia y la negociación paciente.

En este contexto del empeño común por la paz, el mensaje de León XIV ha sido una respetuosa invitación al diálogo frente a la descalificación, a la reconciliación y a la búsqueda del encuentro, en un momento de gran crispación en la vida política española. También hay que “desarmar las palabras”, ha dicho, porque la paz no es solo una cuestión política o institucional, sino “de conciencia”. “La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

Libertad de conciencia y religión

El Papa ha reclamado la libertad de conciencia y de religión, que debe ser tutelada jurídicamente. La legitima aconfesionalidad del estado nunca debería manifestarse como hostilidad hacia lo religioso, como desgraciadamente, a veces, ocurre.

En la parte final de su discurso, León XIV ha comentado algunas imágenes artísticas de la propia cámara, marcadas por la tradición cristiana, invitando a la altura de miras (“alzar la mirada”). Sobre todo porque las decisiones políticas tienen consecuencias, especialmente para los más débiles, aquellos que no pueden hacer oír su voz. Una ley no alcanza su grandeza por ser formalmente aprobada, sino cuando respeta la dignidad de la persona y favorece el bien común.

El Santo Padre ha terminado su aplaudido discurso con un deseo esperanzado: España puede contribuir mucho a la regeneración moral, al valor de la concordia y a una convivencia justa y pacífica en nuestro mundo actual.

FOTOS: EFE/Ballesteros

 

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