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San Agustín y la belleza

El 10 de junio, centenario de la muerte del maestro Antoni Gaudí, el Santo Padre León XIV visitará Barcelona e inaugurará la Torre de Jesucristo del Templo de la Sagrada Familia. San Agustín nos ayuda a contemplar su belleza.

Una torre La torre de Jesucristo se ha construido para ser la más alta del mundo. ¿Qué mueve al hombre a construir una torre? San Agustín, al hablar de la construcción de una ciudad, habla de dos amores[1]. El primero, el amor propio hasta el desprecio de Dios, construye la cuidad terrena; el segundo, el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo, la celestial. Lo mismo podemos decir de una torre. La primera torre que se construyó para ser la más alta del mundo fue la de Babel (Gn 11): el hombre quiso escalar al cielo, por sus propias fuerzas, desobedeciendo a Dios. No construyó una torre para dar gloria a Dios sino para darse gloria a sí mismo. Una torre así está condenada a la destrucción: Dios confundió la lengua de los hombres, convirtiéndola en un balbuceo (de Babel). La armonía originaria se convirtió en caos, en desorden, que lleva el nombre de Babilonia, símbolo del pecado. La torre del Templo de la Sagrada Familia, al contrario, lleva el nombre de Jesucristo. El maestro Gaudí la proyectó como el corazón espiritual del templo. Sus 172,5 metros de altura están destinados a proclamar la gloria de Dios y cuando esté iluminada con el espectáculo de luz y colores, provocará el asombro de todos los peregrinos ante la belleza.

La creación

La belleza. San Agustín estuvo fascinado por la belleza de lo creado. En la creación descubrió las huellas del Creador y la consideró – junto a las Sagradas Escrituras – uno de los dos libros por los que Dios se comunica con su criatura.[2] El hombre está llamado a aprender a leer los signos de Dios en el mundo, a asombrarse ante las maravillas de la creación. El que lee la creación, sabe encontrar a Dios por medio de la belleza. Para Agustín, el orden, la armonía, la dimensión y la forma son expresiones de la belleza. La armonía es posible gracias al orden de las partes. En toda la realidad se halla un orden particular. Pero la contemplación invita a Agustín a buscar la belleza más allá de lo sensible.

La interioridad

La belleza interior. Agustín percibe la belleza con los sentidos, pero éstos no son capaces de dar respuesta a su amor a la belleza. A parte de los sentidos exteriores, corporales, habla de los sentidos interiores (ojos de la mente y del alma; luz o mirada interior). Por estos últimos, uno percibe la Belleza perdurable. La belleza exterior nos orienta hacia la Belleza interior que habita en nosotros y nos permite situarnos en el universo. Agustín nos exhorta a no quedarnos en las bellezas exteriores, a no caer en las bellezas inferiores. Estos solo son un medio para el encuentro con Dios. Es importante que al contemplar la Torre de Jesucristo, hagamos el mismo camino que hizo San Agustín: de lo exterior al interior.

La Belleza eterna. Dios es el sumo Bien; es la fuente de toda belleza creada; origen de todo lo que deleita. Todo lo bueno, verdadero y bello que el hombre encuentra, le remite al Creador que es el Bien, la Verdad y la Belleza eternas. Jesucristo es la Belleza de un Dios que se hace hombre y da plenitud a las categorías humanas de la belleza.[3] El hombre que contempla su hermosura soberana y eterna, crecerá en el amor. La Belleza invita a crecer en la belleza interior: en el amor, en la entrega, en el bien y en la verdad. La belleza es una llamada al amor, a la comunión con Dios, con la consecuente caridad como respuesta.[4]

¡Ojalá descubramos de la mano de San Agustín que la belleza estética de la Torre de Jesucristo está al servicio de la Belleza y nos invita a participar en ella!

[1] Cf. San Agustín, De civitate Dei In: Obras Completas XVII, Madrid, BAC, XIV, 28

[2] Cf. San Agustín, Enarrationes In Obras Completas XX, Madrid, BAC, 45,7

[3] Cf. Nello Cipriani: Amore e belleza in Sant’Agostino In: Pubblicazioni Agostiniane (2001) 135.

[4] Cf. Serrano Casas, Jorge, Fenomenología de la belleza en San Agustín In: Isidorianum 35/1 (2026)

FOTOGRAFÍA: Kike Rincón (Europa Press)

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