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¿Qué caracteriza la Espiritualidad Agustiniana?

Distintos hombres y mujeres de todos los tiempos han ofrecido a la Iglesia su experiencia de fe y su lectura particular del Evangelio. Así han nacido diferentes espiritualidades. Cada espiritualidad camina de la mano de una antropología y de una cosmovisión de la realidad. Hay espiritualidades que van unidas a una de las bienaventuranzas de Jesús (Mt 5, 3–12) o centradas en un acento concreto de la fe cristiana. No es el caso de san Agustín, Padre de la Iglesia, autor de una obra enciclopédica, teólogo, filósofo, obispo y pensador de amplio alcance.

Se impone, entonces, una arriesgada labor de síntesis, casi un ejercicio telegráfico, para subrayar los ejes que mueven la visión agustiniana de Dios y del ser humano. Son los dos grandes temas que se turnan en su pensamiento. Como señala en Comentarios a los Salmos, somos una moneda que en una de sus caras lleva impreso el cuño de Dios y en la otra nuestra imagen (Comentarios a los Salmos 66,4). La afirmación de la trascendencia no significa renuncia o recorte de lo humano, sino, por el contrario, un inmenso continente por descubrir.

En torno a unas afirmaciones básicas que dan cuerpo a la espiritualidad de san Agustín, se articula un listado de temas tan importantes como la felicidad, el amor, la comunidad, la verdad, la amistad, el camino de la belleza, el deseo de plenitud y de búsqueda, la paz, la oración, el sentido permanente e inacabado de la conversión, la solidaridad, la eucaristía, la humildad, la figura de María, modelo de la Iglesia y del creyente

Como acentos que definen la espiritualidad de san Agustín se podrían citar:

La Biblia, manantial de espiritualidad

San Agustín fue lector y comentarista de la Biblia. Leerla es entrar en contacto con Jesucristo que es donde encuentra su unidad de fondo toda la palabra revelada. Hay muchas citas que pueden ilustrar esta idea: “El Antiguo testamento es el Nuevo velado, y el Nuevo es el Antiguo desvelado…Desaparece, pues, el velo para que pueda comprenderse lo que estaba oscuro. El Antiguo Testamento estaba cerrado porque aún no había llegado la llave de la cruz” (Sermón 300, 3).

La Palabra de Dios, tan profunda como fascinante (cf. Confesiones 12, 14,17) es alimento espiritual y buena noticia proclamada que pone las bases del Reino de Dios en la historia. Lo que comunica Dios a través de la Palabra no es su misterio, sino que al revelarse ofrece su comunión y su vida. La Biblia “nos exhorta a vivir bien” (Comentarios a los Salmos 90, 2, 1).

La centralidad de la persona de Jesucristo

Por otra parte, la espiritualidad cristiana y la santidad brotan de la persona de Jesucristo.  En uno de sus famosos sermones San Agustín afirma: “Cristo sana, Cristo purifica, Cristo justifica” (Sermón 292, 6).

En el libro Confesiones, san Agustín presenta a Cristo como el mediador entre Dios y los hombres, camino, verdad y vida (7, 18, 24). Y en la Ciudad de Diosseñala:  “Hay un solo camino seguro contra todos los errores, que uno mismo sea Dios y hombre: Dios, adonde vamos; hombre, por donde vamos” (La ciudad de Dios XI, 2).

Cristo es el único y verdadero maestro (cf. Sermón 134,1; El Maestro 14,46), la verdad que habita en el hombre interior (Comentarios a los Salmo 109,36), el Señor de la historia (cf. La Ciudad de Dios 8), el médico capaz de curar la enfermedad del pecado (cf. Sermón 63 A, 2), alimento en la Palabra y la Eucaristía (cf. Sermón 56,10; Sermón 227,1).

Todos somos uno en Cristo, “muchos cristianos y un solo Cristo” (cf. Comentarios a los Salmo 126, 3) y estamos llamados a ser Cristo mismo (cf. Tratados sobre el Evangelio de San Juan 21, 8). El lema que aparece en el escudo de León XIV, “En el único – Cristo – somos uno”, retoma las palabras que san Agustín expresa en el Comentario al Salmo 127,3 para explicar que, aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno.

El Cristo total, fundamento de la unidad y la misericordia

La unión entre los miembros y la Cabeza hace que todos seamos uno solo en Cristo. Esta idea está presente en muchos textos de San Agustín, como en Comentarios a los Salmos 126, 3 o en el Sermón 341.

“¿Cuál es la cabeza y cuáles son los miembros? Cristo y la Iglesia” encontramos en Tratados sobre el Evangelio de San Juan (21, 8). El texto paulino de 1 Corintios 12,12-27, le sirve de apoyo para su reflexión acerca del Cristo total. La imagen del cuerpo humano es de una gran fuerza plástica porque nadie ignora la relación entre los miembros y funciones de su propio cuerpo.

A Dios se le sirve en el ser humano, particularmente en los desfavorecidos: “Cristo aún se halla necesitado aquí; todavía peregrina por este mundo, enferma y es encarcelado” (Comentarios a los Salmos 86,5).

Esta visión agustiniana del Cristo total es la razón más honda de la atención a los frágiles de la tierra. La humanidad de Jesús se hace presente allí donde hay aliento humano: “No te quejes, y menos no murmures porque naciste en estos tiempos, en los que no puedes ver al Señor en el cuerpo. Lo puedes; pues él dijo: lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hacéis” (Sermón 103, 1, 2).

La caridad, alma de la espiritualidad

Amor y caridad son términos que san Agustín utiliza indistintamente, aunque, a veces, con matices diferentes. En el amor, por ejemplo, puede haber desorden. Advierte sabiamente: “Ordena tu amor. Mira a tu interior, no sea que ames lo que no debes o no ames lo que debes amar. ¡Ordena tu amor! No sea que ames más lo que debes amar menos o ames menos lo que debes amar más” (La doctrina cristiana 1, 27,28).

Por el contrario, la caridad es “el movimiento del ánimo que tiende a gozar de Dios por sí mismo, y de sí mismo y del prójimo por Dios” (La doctrina cristiana 3, 10,16).

San Agustín pasea la mirada por su historia personal y por la sociedad que le rodea y descubre que el amor es el motor de la vida: “Cada uno vive según aquello que ama” (La Trinidad XIII, 20,26).

“También los pueblos se definen por sus amores. Para ver cómo es cada pueblo, hay que examinar lo que ama” (La ciudad de Dios XIX, 24). Si se atrofia el amor, se paraliza la vida (cf. Comentarios a los Salmos 85,24).

El fervor de la conversión no le lleva a san Agustín a vivir el amor en una dirección vertical exclusivamente. “Amar y ser amado” (Confesiones 3, 1,1), fue la tarea de todos sus días.

“Una vida solo la hace buena un buen amor”, escribe en el Sermón 311,11. “¿Qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta, plagada de errores y de penalidades, sino la lealtad no fingida y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?” (La ciudad de Dios XIX, 8).

La interioridad y la comunión: lugares de grandes encuentros

La interioridad y la comunión son realidades básicas en la narrativa agustiniana. A quien anda volcado y disperso en lo exterior, le resulta difícil entrar en su interior (El orden 2, 11,30) y vive en situación de exiliado.

Solo cuando el hombre entra dentro de sí mismo (La verdadera religión 39, 72,73), se distancia de la vida de los sentidos (El orden 1, 1,3) y vuelve a su corazón (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 18,10) es capaz de conocerse.

El hombre sin interioridad es un extraño para sí mismo (Confesiones 10,8), un ser anónimo, sin misterio, sin curiosidad. La interioridad es el lugar de los grandes encuentros, de las preguntas más hondas y de las certezas más firmes.  “Vuelve a tu corazón, y desde él asciende a tu Dios. Si vuelves a tu corazón, vuelves a Dios desde un lugar cercano. Si te molestan todas estas cosas, es que has salido de ti; eres un exiliado de tu corazón. Te sientes movido por las cosas que están fuera y te pierdes” (Sermón 311, 14,13).

La interioridad es raíz de la propia vida, casa de la verdad (cf. El maestro 11,38), territorio para la escucha del Maestro interior y el reconocimiento de la verdad que el ser humano lleva impresa dentro de sí (cf. Carta 19,1). San Agustín descubre a Dios como alguien más íntimo que la propia intimidad (Confesiones 3, 6,11).

Sentido eclesial

Es uno de los rasgos inconfundible de la espiritualidad agustiniana: “Ama a la Iglesia, que te ha engendrado para la vida eterna” (Sermón 244, 1).

El paso de los siglos y tantas huellas humanas han oscurecido la imagen más limpia de la Iglesia. “Muchas veces hemos dicho y lo repetiremos otras tantas, que la Iglesia tiene paja y trigo. Nadie pretenda retirar toda la paja hasta que llegue el tiempo de la bielda” (Comentarios a los Salmos 25, 2,5). San Agustín acepta y ama a la Iglesia de su tiempo por encima de todas las flaquezas humanas y la poca ejemplaridad de algunos miembros de la Iglesia. “Ama a la Iglesia, pues ella te ha engendrado a la vida eterna” (Sermón 344,2).

Al servicio de la evangelización

La evangelización es “un oficio de amor”, señala en Tratados sobre el Evangelio de San Juan (123, 5). “Si no reparto la Palabra de Dios, si me guardo el tesoro, me aterroriza el Evangelio”, afirma en uno de sus sermones (Sermón 339,4).

El viejo dilema acción–contemplación encuentra en san Agustín una solución armónica. La dimensión mística o de interioridad desemboca en la acción evangelizadora: “Por la Iglesia que se me ha confiado, debo tener la más grande solicitud. Estoy al servicio de aquello que le pueda resultar útil; deseo no ser tanto su presidente como serle de provecho” (Carta 134,1).

Casi en un exceso de celo pastoral, san Agustín exclama: “No quiero salvarme sin vosotros” (Sermón 17,2). La casa de Dios es toda la tierra y se edifica con la lectura de su palabra, el amor y la predicación del evangelio, escribe en el Comentario al Salmo 95.

 

 

 

 

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