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Misa de Corpus Christi: «Volvamos a Él con amor sincero»

El primer día de León XIV en España nos dejó imágenes que quedarán grabadas en nuestro recuerdo: la calurosa acogida por parte de autoridades y ciudadanos; la sorpresa preparada por el Rey al Papa con la Escolanía de El Escorial como protagonista; la vigilia con los jóvenes en la Castellana, multitudinaria y rica en contenidos y en expresión adorante de la fe. El segundo día de la visita apostólica se abrió con la celebración eucarística de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Nuevas, extraordinarias e inolvidables imágenes que serán atesoradas en nuestra memoria para cuando necesitemos recordar que la fe también ha de manifestarse en público.

Y más allá de todo esto, el objetivo del Santo Padre en este viaje apostólico –y no solo–: poner a Cristo en el centro. León XIV, proponiendo ese humanismo cristiano que da sentido a la misión de la Iglesia, desgrana el contenido teológico y antropológico de la Encarnación: Dios se hace hombre y la humanidad vuelve al estado original en la que fue creada.

Cristo en el centro de la vida

En la homilía pronunciada en Cibeles, el Santo Padre ha dejado algunas ideas que seguramente
deberán ser profundizadas en nuestras meditaciones personales y comunitarias: la santificación del tiempo a través de las fiestas del calendario litúrgico; el honor que ha de tributarse a los símbolos, imágenes y expresiones de la religiosidad popular; el deber de todo cristiano de celebrar los misterios de Cristo y de llevarlo a todos y cada uno de los ámbitos de la vida personal, eclesial y social; entender nuestra fe no como algo privado sino con proyección exterior que nos impulsa a construir un mundo nuevo; entender las tradiciones como fundamento para seguir avanzando y no como simple tesoro sentimental que ha de custodiarse; la celebración de la Eucaristía como signo humilde y amistoso de fidelidad a Cristo.

No obstante, creo que deberíamos quedarnos con un mensaje que incluye a todos los demás: una religiosidad que sea «una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratitud del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común

Dignidad

Desde el momento en que Dios creó al hombre y más tarde lo recreó a través de la Encarnación, la humanidad posee una dignidad que ha de ser no solamente respetada sino elevada a tal punto de no entender a Dios sin el hombre ni al hombre sin Dios. Un binomio inseparable que tantas veces olvidamos cuando confundimos amor con filantropía o interioridad con sentimentalismo.

Divinidad y humanidad quedaron ligadas para siempre no solamente en Cristo sino, gracias a Él, también en nosotros. Arrodillarse ante Dios es lo habitual, arrodillarse ante el prójimo, por extraño que parezca, y por mucho que cueste real y teóricamente, no es idolatría. Más bien al contrario, es adorar a ese mismo Dios en aquel que comparte con Cristo una misma naturaleza humana.

El amor

Por ello cobra mayor sentido la llamada de León XIV a volver a Cristo con amor sincero. Solo a
través del amor, es decir, del propio Cristo, podremos descubrir o redescubrir –según el caso– a Cristo. La posible paradoja, según la cual el inicio, el recorrido y el final es siempre el mismo Cristo, lo importante es el amor sincero que solamente lo es si se dirige a Dios y al prójimo.

Es necesario profundizar la fe y explicitarla en el amor al prójimo, pero para ello será irrenunciable tratar con Cristo asiduamente a través de la Eucaristía, ese sacramento donde realmente se hacen tangibles humanidad y divinidad.

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