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Somos familia: hijos de san Agustín, con el Papa

Somos, en primer lugar, seguidores de Jesucristo que, cautivados por el ejemplo y la doctrina de san Agustín, caminamos juntos, al tiempo que construimos nuestra propia historia.

La familia agustiniana puede ser presentada de muchas maneras: desde su riqueza histórica, su diversidad de carismas o la amplitud de su misión en la Iglesia. Pero, ante todo, es una familia de personas que viven una misma experiencia espiritual. Como afirma la Regla que profesamos, somos quienes.

viven juntos en concordia, teniendo un solo corazón y una sola alma hacia Dios San Agustín, Regla, 3.


Ahí está nuestra identidad más profunda: la comunión. No una uniformidad que borra diferencias, sino una unidad que las integra. No una estructura, sino una experiencia compartida: vivir juntos la Regla de vida de san Agustín, buscando a Dios en comunidad y sirviendo a la Iglesia.

Una espiritualidad: “Ante omnia”

Si hay una clave que sintetiza nuestra vida, es la que abre la Regla:

“Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque estos son los mandatos principales que se nos han dado (Cf. Mt 22, 36-40)”.

Ante todo, amar a Dios. Y después, al prójimo.

Este es el eje de toda la vida agustiniana. Desde ahí se comprende todo: la vida en común, la comunión de bienes, la oración, el perdón, la fraternidad. No son elementos aislados, sino expresiones concretas de un mismo amor.

Por eso, la vida agustiniana no es solo una forma de organización, sino una forma de vivir el Evangelio: con un solo corazón y una sola alma dirigidos hacia Dios.

Una familia que nace de la unidad

“Nuestra Orden reconoce a san Agustín desde sus inicios como padre, maestro y guía espiritual” (Const. 2). En él encontramos el origen de nuestra espiritualidad, pero también el modelo de vida: una comunidad reunida en torno a Cristo, donde todo se comparte y todo se ordena al amor.

Tras su conversión, san Agustín reunió a sus amigos para vivir según el ideal de los Hechos de los Apóstoles. Aquella experiencia —primero en Tagaste, luego en Hipona— no fue solo un momento histórico, sino el germen de una forma de vida que atravesaría los siglos.

Incluso cuando la historia pareció fragmentarse —con la caída del Imperio romano y la dispersión de sus comunidades— el espíritu agustiniano permaneció vivo. Durante siglos, pequeñas comunidades conservaron la Regla y el ideal de vida común.

Hasta que llegó un momento decisivo.

El 9 de abril de 1256, el Papa Alejandro IV, mediante la bula Licet Ecclesiae catholicae, unió diversos grupos eremíticos bajo una misma estructura. Aquella decisión no fue meramente organizativa: fue un acto profundamente eclesial.

“Unir bajo una única cabeza en una unión íntima… y formar de varias mesnadas un ejército más fuerte…”

Así nació la Orden. Así nació, también, una familia.

Una familia que no nace de la separación, sino de la unión. Una familia que encuentra su fuerza no en la diferencia, sino en la comunión. Aquella “santa unión” sigue viva hoy, más de ocho siglos después, en todos los hombres y mujeres que se reconocen hijos de san Agustín.

Una historia que sigue creciendo

La historia de la familia agustiniana no se detuvo en la Edad Media. Siguió caminando, encarnándose en nuevos contextos, respondiendo a nuevas llamadas.

En el siglo XVI, en el corazón de la renovación de la Iglesia, surge en España un impulso particular dentro de la Orden: la Recolección Agustiniana. Inspirada, entre otros, por figuras como fray Luis de León, esta corriente busca volver a la radicalidad del Evangelio, a una vida más interior, más pobre, más centrada en Dios.

De ese deseo nace, en 1588, la Orden de Agustinos Recoletos: una forma concreta de vivir el mismo carisma agustiniano, con una llamada particular a ser amantiores, más amantes de Dios y del mundo.

Desde entonces, los agustinos recoletos viven en comunidad, compartiendo fe, oración y vida fraterna, y sirven a la Iglesia allí donde más se les necesita: parroquias, misiones, educación y acción social.

Una familia que se hace misión

Con el paso del tiempo, la vida agustiniana se ha expandido en múltiples formas. A los frailes y monjas se han unido numerosas congregaciones que comparten la misma raíz espiritual.

  • Agustinas Misioneras, nacidas en 1890 en Madrid, con una fuerte vocación educativa y misionera, especialmente al servicio de los más vulnerables.
  • Misioneras Agustino Recoletas, surgidas en 1931 en contexto misionero en China, como respuesta a necesidades concretas de la evangelización y el cuidado de las niñas abandonadas en China.
  • Agustinas del Amparo, fundadas en Mallorca en el siglo XIX, con un carisma centrado en el cuidado, la acogida y la protección de los más necesitados.

Cada una con su identidad propia, todas comparten lo esencial: la espiritualidad de san Agustín, el amor a la comunidad y el servicio a la Iglesia.

Una comunión que ya vivimos

Esta unidad no es solo un ideal. Es una realidad concreta que se ha ido construyendo también en nuestro tiempo.

Desde hace más de 30 años, la Federación Agustiniana Española (FAE) reúne a las distintas ramas de la familia agustiniana en España, promoviendo iniciativas comunes en educación, pastoral y acción social.

Es un signo visible de que la comunión no es solo una herencia, sino una tarea compartida.

Un Papa, un signo, una llamada

El 8 de mayo de 2025, la Iglesia recibió un nuevo Papa. Y en sus primeras palabras se definió con una expresión sencilla y profundamente significativa: “soy hijo de san Agustín”.

No fue solo una referencia espiritual. Fue una llamada.

Una llamada a recordar quiénes somos. Una llamada a volver a la unidad.
Una llamada a vivir con mayor intensidad nuestra vocación de comunión.

Agustinos con el Papa: memoria y misión

Por eso nace AgustinosConElPapa.es

No como un proyecto nuevo, sino como memoria viva de aquella “Gran Unión” que nos dio origen. Como un espacio para reconocernos familia. Como un lugar donde recordar que, más allá de nuestras formas, somos uno.

Somos la familia del Papa.
Somos hijos de san Agustín.
Somos una sola alma y un solo corazón hacia Dios.

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